
Quien mira a Cristo y vive con Él, camina con Él y participa de sus actitudes. En un Discurso a la plenaria de la Pontificia Comisión bíblica (11-IV-2024), el sucesor de Pedro, el Papa Francisco nos exhortó a participar de las actitudes de Jesús, concretamente ante la enfermedad y el sufrimiento humano.
«Todos vacilamos bajo el peso de estas experiencias y debemos ayudarnos a atravesarlas viviéndolas ‘en relación’, sin replegarnos sobre nosotros mismos y sin que la rebelión legítima se convierta en aislamiento, abandono o desesperación».
Por la experiencia de los sabios y de las culturas, sabemos que el dolor y la enfermedad, sobre todo si los situamos a la luz de la fe, pueden convertirse en factores decisivos en un camino de maduración; pues el sufrimiento, entre otras cosas, permite discernir lo esencial de lo que no lo es.
Sostuvo el Papa Francisco que es sobre todo el ejemplo de Jesús el que muestra el camino, la actitud que hemos de tomar ante la enfermedad y el sufrimiento propio y ajeno, y traducirlo en pasos provechosos: «Él nos exhorta a cuidar a quienes viven en situaciones de enfermedad, con la determinación de superar la enfermedad; al mismo tiempo, nos invita con delicadeza a unir nuestros sufrimientos a su ofrecimiento salvífico, como semilla que da fruto». Cuidar e intentar superar, unir y asumir.
En efecto, desde que comenzó de su pontificado, el 19 de marzo de 2013, vino enseñando, también cuando evocaba el ejemplo de san José, la tarea cristiana y humana de custodiar y servir, de la cercanía y del cuidado de los demás, especialmente de aquellos que nos salen al encuentro o a los que podemos llegar, para aliviarles en sus necesidades (cf. también el mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1-I-2021 sobre «la cultura del cuidado como camino de la paz»).
El Papa Francisco señaló que la visión de fe nos puede llevar a afrontar el dolor con dos actitudes decisivas: compasión e inclusión.
La compasión no es un sentimiento barato y pasajero, sin compromisos ni consecuencias, o con meras palabras.
Ya Benedicto XVI observaba que «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana» (enc. Spe salvi, 38).
En línea similar se sitúa Francisco, en el mismo discurso a la Pontificia Comisión Bíblica, subrayando la compasión misma de Jesús:
«La compasión indica la actitud recurrente y caracterizadora del Señor ante las personas frágiles y necesitadas que encuentra. Al ver los rostros de tantas personas, ovejas sin pastor que luchan por encontrar su camino en la vida (cf. Mc 6, 34), Jesús se conmueve. Se compadece de la muchedumbre hambrienta y extenuada (cf. Mc 8, 2) y acoge sin descanso a los enfermos (cf. Mc 1, 32), cuyas peticiones escucha: pensemos en los ciegos que le suplican (cf. Mt 20, 34) y en los numerosos enfermos que piden ser curados (cf. Lc 17,11-19); siente ‘gran compasión’ -dice el Evangelio- por la viuda que acompaña a su único hijo al sepulcro (cf. Lc 7,13).
Gran compasión. Esta compasión se manifiesta como cercanía y lleva a Jesús a identificarse con el que sufre: ‘Estuve enfermo y fueron a visitarme’ (Mt 25,36)».
Fijémonos bien: Jesús se commueve, se compadece, se acerca hasta indentificarse con el que sufre.
¿Qué nos revela esta actitud de Jesús? El modo de acercarse Jesús al dolor: no ante todo con «explicaciones» –a las que solemos tender–, o con ánimos y consuelos estériles, o con buenas palabras o un recetario de sentimientos, como se ven a veces en las historias de la Sagrada Escritura, como es el caso de los amigos de Job, que intentan teorizar el dolor vinculándolo con el castigo divino.
«La respuesta de Jesús es vital, está hecha de ‘compasión que asume’ y que, al asumir, salva al ser humano y transfigura su dolor. Cristo ha trasformado nuestro dolor haciéndolo suyo hasta el final: viviéndolo, sufriéndolo y ofreciéndolo como don de amor. No dio respuestas fáciles a nuestros ‘porqués’, sino que en la cruz hizo suyo nuestro gran ‘porqué’ (cf. Mc 15, 34)».
Así, señala Francisco, asimilando la Sagrada Escritura podemos purificarnos de ciertas actitudes equivocadas, y aprender a seguir el camino indicado por Jesús: «Tocar el sufrimiento humano con la propia mano, con humildad, mansedumbre y, serenidad para llevar, en nombre del Dios encarnado, la cercanía de un apoyo salvador y concreto. Tocar con la mano, no teóricamente». Es claro y directo el Papa.
Sin ser una palabra bíblica, el término inclusión, puntualiza Francisco, expresa bien un rasgo sobresaliente del estilo de Jesús: ir en busca del pecador, del perdido, del marginado, del estigmatizado, para que sea acogido en la casa del Padre y curado totalmente, en cuerpo, alma y espíritu (por ejemplo, el hijo pródigo o los leprosos). Además, Jesús desea compartir con los discípulos esa misión y actitud de consolación: les manda que cuiden de los enfermos y los bendigan en su nombre (cf. Mt 10,8; Lc 10,9; Lc 4,18-19).
«Por eso, a través de la experiencia del sufrimiento y de la enfermedad, nosotros, como Iglesia, estamos llamados a caminar junto a todos, en solidaridad cristiana y humana, abriendo, en nombre de la fragilidad común, ocasiones de diálogo y de esperanza». Un claro ejemplo es la parábola del buen samaritano, que muestra «con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común» (enc. Fratelli tutti, n. 67).
Identifica el Papa, precisamente ante especialistas en la Biblia, un principio clave: «La Palabra de Dios es un poderoso antídoto contra toda cerrazón, abstracción e ideologización de la fe: leída en el Espíritu en que fue escrita, acrecienta la pasión por Dios y por el hombre, desencadena la caridad y reaviva el celo apostólico». Y por eso la Iglesia tiene una necesidad constante de beber –y dar de beber– en las fuentes de la Palabra.

Esas mismas actitudes de Jesús, compasión, cuidado e inclusión, que hemos de hacer nuestras, podemos verlas en sus encuentros con personas discapacitadas, como enseñó el Papa el mismo día, en su Discurso a la Academia de Ciencias sociales (11-IV-2024).
Jesús entra en contacto con ellos (no los ignora ni niega, ni los margina ni los descarta); también cambia el sentido de su experiencia vital, con «una invitación a tejer una relación singular con Dios que haga florecer de nuevo a las personas», como vemos en el caso del ciego Bartimeo (cfr Mc 10,46-52).
La actual cultura del descarte y del despilfarro, lamenta el Papa Bergoglio, conduce fácilmente a estas personas a considerar la propia existencia como una carga para sí mismas y para los seres queridos. Y así esta mentalidad se abre a una cultura de la muerte, al aborto y la eutanasia.
Por eso, propone el sucesor de Pedro, «luchar contra la cultura del descarte significa promover la cultura de la inclusión –deben estar unidos–, crear y reforzar los lazos de pertenencia a la sociedad», trabajar, sobre todo en los países más pobres, «por una mayor justicia social y por eliminar las barreras de diversa índole que impiden a tantos disfrutar de los derechos y libertades fundamentales». Los resultados de estas acciones son más visibles en los países económicamente más desarrollados.
Entiende que esta cultura de inclusión integral se promueve más plenamente «cuando las personas con discapacidad no son receptores pasivos, sino que participan en la vida social como protagonistas del cambio». Por eso sostiene que «subsidiariedad y participación son los dos pilares de una inclusión efectiva. Y bajo esta luz se comprende bien la importancia de las asociaciones y movimientos de personas con discapacidad que promueven la participación social».
En su encuentro con las realidades de acogida de los migrantes, celebrado en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria), el papa León XIV reflexionó sobre el sufrimiento de quienes se ven obligados a abandonar su hogar a causa de la pobreza, la violencia, la guerra o la explotación. Estas palabras muestran su llamada a reconocer la dignidad de toda persona y a no permanecer indiferentes ante el dolor humano.
«Como pueden ver, llevo en mi mano el anillo que se llama «del Pescador». Su nombre mismo nos conduce al lago de Galilea, donde Cristo llamó a Pedro y le dijo: «Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10). La Iglesia ha leído ese versículo como imagen de su misión. Pero aquí y en lugares como en El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa. Esa isla, pequeña en extensión pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas.
Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche.»
«Querida Blessing, aunque no estás aquí hoy, tu voz sí. Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,27). Nos has dicho que te fuiste de tu país no porque quisieras, sino porque no había otra opción. En tus palabras escuchamos el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos.
Quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable.»
«Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante.»
Don Ramiro Pellitero Iglesias, profesor de Teología pastoral en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.
Publicado en Iglesia y nueva evangelización.
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