
María fue una joven sencilla de Nazaret, alejada de los grandes centros de poder de su tiempo. Sin embargo, Dios puso sus ojos en ella para confiarle una misión extraordinaria: ser la Madre de su Hijo, Santa María Reina.
El Evangelio de san Lucas nos lleva precisamente hasta aquel momento. El ángel Gabriel se presenta ante María y le anuncia que concebirá a Jesús, que «será llamado Hijo del Altísimo» y cuyo Reino no tendrá fin. María, aun sin comprender por completo lo que sucederá, responde confiando plenamente en Dios: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».
Aquella joven que se presenta como esclava es la misma a la que la Iglesia contempla y venera como Reina del Cielo y del Mundo.
La respuesta está íntimamente ligada a Jesucristo. María es Reina porque es la Madre de Jesús, Rey del Universo.
La fiesta de Santa María Reina fue instituida por el papa Pío XII en 1954 para venerar a la Virgen como Reina, de manera análoga a como la Iglesia reconoce a su Hijo como Cristo Rey.
La maternidad divina de María está, por tanto, en el origen de esta dignidad. Como explicaba san Josemaría, de ella proceden también las gracias y privilegios con los que Dios quiso adornarla: fue concebida inmaculada, está llena de gracia y fue elevada en cuerpo y alma al Cielo y coronada como Reina de toda la creación.
Pero para comprender qué significa realmente llamar Reina a María, debemos alejarnos de nuestra idea habitual de la realeza.
Cuando pensamos en un rey o una reina, podemos imaginar poder, riqueza o privilegios. La realeza de Cristo y de María responde a una lógica completamente diferente.
La fuente recuerda una enseñanza de Benedicto XVI: la realeza de Jesús está entretejida de humildad, servicio y amor. Ser rey, desde la perspectiva cristiana, significa ante todo servir, ayudar y amar. Y esa misma lógica encontramos en María.
Su poder no está orientado hacia sí misma. María lo pone al servicio de sus hijos.
Por eso los cristianos pueden acercarse a ella no solo como Reina, sino también como Madre. Dos títulos que, lejos de contradecirse, explican la singular relación de la Virgen con cada cristiano.
San Josemaría invitaba a vivirlo con una profunda confianza filial:
«Llénate de seguridad: nosotros tenemos por Madre a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y del Mundo». (Forja, 273).
Reconocer a María como Reina lleva también a confiar en su intercesión.
El Evangelio muestra cómo la Virgen conduce siempre hacia su Hijo. San Josemaría recordaba el episodio de las bodas de Caná: ante la necesidad de aquellos esposos, María interviene y Cristo realiza el milagro. La consecuencia es que los discípulos creen en Él.
María no ocupa el lugar de Cristo: nos acerca a Él.
Esta certeza permite acudir a ella en las dificultades, cuando la fe se debilita o incluso cuando faltan palabras para rezar. San Josemaría aconsejaba invocarla con sencillez y confianza, pidiendo su intercesión para volver a experimentar la cercanía de Dios.
Llénate de seguridad: nosotros tenemos por Madre a la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y del Mundo. Forja, 273
Entre los títulos con los que la Iglesia invoca a la Virgen hay uno especialmente significativo: Reina de la paz, Regina pacis.
San Josemaría recomendaba acudir a ella cuando la inquietud entra en el corazón, pero también ante las dificultades familiares, profesionales o sociales.
La devoción a Santa María Reina adquiere así una dimensión muy concreta. No se trata únicamente de contemplar a María coronada en el Cielo, sino de reconocerla como Madre a la que podemos acudir en las circunstancias ordinarias de nuestra vida.
Resulta especialmente hermoso que el Evangelio elegido para la fiesta de Santa María Reina sea el de la Anunciación.
No encontramos a María sentada en un trono. La encontramos en Nazaret, escuchando a Dios.
La que será reconocida como Reina responde llamándose a sí misma «esclava del Señor». Y precisamente ahí encontramos una de las claves para comprender su grandeza.
María se abre a Dios, confía en Él y acepta sus planes incluso cuando no puede comprenderlos por completo. Su respuesta —«hágase en mí según tu palabra»— muestra una confianza radical que puede servir de ejemplo para cualquier cristiano.
Su vida nos recuerda que Dios puede manifestarse en la sencillez y en la humildad de lo cotidiano.
Celebrar a Santa María Reina el 22 de agosto es, por tanto, mucho más que recordar uno de los títulos de la Virgen.
Es contemplar a María como Madre de Cristo y Madre nuestra; como Reina que sirve, ama e intercede; y como ejemplo de una vida enteramente abierta a la voluntad de Dios.
San Josemaría invitaba a participar de esta fiesta con la confianza de un hijo:
Es justo que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo coronen a la Virgen como Reina y Señora de todo lo creado. —¡Aprovéchate de ese poder! y, con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo. —Yo, a la Madre de Dios y Madre mía, la corono con mis miserias purificadas, porque no tengo piedras preciosas ni virtudes. —¡Anímate! Forja, 285
Este 22 de agosto, podemos hacer nuestra esa invitación y acudir a María con confianza, presentándole nuestras necesidades, nuestras alegrías y también nuestras dificultades.
Porque la Reina del Cielo es, antes que nada, nuestra Madre.

«La devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio Vaticano II, después de recordar la Asunción de la Virgen “en cuerpo y alma a la gloria del cielo", explica que fue “elevada por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cfr. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte" (Lumen gentium , 59)».
Así pues, los cristianos miran con confianza a María Reina, y esto no sólo no disminuye, sino que, por el contrario, exalta su abandono filial en aquella que es Madre en el orden de la gracia.
«Más aún, la solicitud de Santa María Reina por los hombres puede ser plenamente eficaz precisamente en virtud del estado glorioso posterior a la Asunción. Esto lo destaca muy bien San Germán de Constantinopla, que piensa que ese estado asegura la íntima relación de María con su Hijo, y hace posible su intercesión en nuestro favor. Dirigiéndose a María, añade: Cristo quiso “tener, por decirlo así, la cercanía de tus labios y de tu corazón; de este modo, cumple todos los deseos que le expresas, cuando sufres por tus hijos, y Él hace, con su poder divino, todo lo que le pides" ( Homilía 1)».
«Se puede concluir que la Asunción no sólo favorece la plena comunión de María con Cristo, sino también con cada uno de nosotros: está junto a nosotros, porque su estado glorioso le permite seguirnos en nuestro itinerario terreno diario. También leemos en San Germán: “Tú moras espiritualmente con nosotros, y la grandeza de tu desvelo por nosotros manifiesta tu comunión de vida con nosotros" ( Homilía 1). En vez de crear distancia entre nosotros y la Virgen, el estado glorioso de María suscita una cercanía continua y solícita. Ella conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, y nos sostiene con amor materno en las pruebas de la vida».
Juan Pablo II (siglo XX-XXI). Discurso en la audiencia general, 23-VII-1997.
«Eres toda hermosa, y no hay en ti mancha. —Huerto cerrado eres, hermana mía, Esposa, huerto cerrado, fuente sellada. — Veni: coronaberis . —Ven: serás coronada (Ct 4, 7, 12 y 8).
»Si tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora de todo lo creado.
»Una gran señal apareció en el cielo: una mujer con corona de doce estrellas sobre su cabeza. —Vestido de sol. —La luna a sus pies ( Ap 12, 1). María, Virgen sin mancilla, reparó la caída de Eva: y ha pisado, con su planta inmaculada, la cabeza del dragón infernal. Hija de Dios, Madre de Dios, Esposa de Dios.
»El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo.
»Y le rinden pleitesía de vasallos los Ángeles..., y los patriarcas y los profetas y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos los santos..., y todos los pecadores y tú y yo».
San Josemaría Escrivá (siglo XX). Santo Rosario, V misterio glorioso.
Fuentes utilizadas: opusdei.org Evangelio del 22 de agosto: Bienaventurada Virgen María Reina y Santa María Reina: rezar con san Josemaría
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