
El 31 de julio la Iglesia celebra a san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y uno de los grandes maestros de la vida espiritual. Su legado va mucho más allá de la creación de una orden religiosa: dejó a la Iglesia una pedagogía para aprender a descubrir la voluntad de Dios en medio de la vida cotidiana.
En un mundo lleno de ruido, decisiones difíciles e incertidumbre, el discernimiento ignaciano sigue siendo una escuela de libertad interior. No es un método para adivinar el futuro ni una técnica para resolver problemas, sino un camino de oración que ayuda a reconocer cómo actúa Dios en el corazón de cada persona.
San Ignacio de Loyola nació en 1491 en Loyola. Durante su juventud soñaba con la gloria militar y la vida cortesana. Todo cambió en 1521, cuando una bala de cañón le hirió gravemente durante la defensa de Pamplona.
La larga convalecencia marcó un antes y un después en su vida. Sin novelas de caballería para entretenerse, comenzó a leer la vida de Cristo y algunas biografías de los santos que cayeron en sus manos. Aquellas lecturas despertaron en él una pregunta decisiva: ¿por qué algunos pensamientos le dejaban una alegría profunda y otros solo una satisfacción pasajera?
Sin saberlo, estaba comenzando el camino que daría origen al discernimiento espiritual que más tarde plasmaría en los Ejercicios Espirituales.
La palabra «discernimiento» puede parecer compleja, pero san Ignacio la entendía de una manera muy concreta: aprender a distinguir los movimientos interiores que acercan a Dios de aquellos que alejan de Él.
Durante su recuperación descubrió que imaginar hazañas militares le proporcionaba una satisfacción breve, mientras que contemplar la vida de Cristo o el ejemplo de los santos dejaba en su interior una paz duradera. Esa experiencia se convirtió en el punto de partida de toda su enseñanza espiritual.
Años más tarde, el papa Francisco explicaba precisamente este episodio para mostrar cómo Ignacio aprendió a reconocer la diferencia entre la alegría pasajera y la consolación auténtica, que permanece y orienta toda la vida hacia Dios.

La consolación y la desolación: dos claves de la espiritualidad ignaciana
Una de las aportaciones más conocidas de san Ignacio es la distinción entre consolación y desolación espiritual. La consolación no consiste simplemente en sentirse bien. Es una experiencia interior que fortalece la fe, aumenta la esperanza, impulsa a amar más y acerca a Dios incluso en medio de las dificultades.
La desolación, por el contrario, se manifiesta como oscuridad interior, desánimo, pérdida de esperanza o alejamiento de la oración. San Ignacio observó que ambos estados forman parte del camino espiritual. Lo importante no es evitarlos, sino aprender a reconocerlos para tomar decisiones libres y orientadas hacia el bien.
Ejercicios Espirituales: escuela para descubrir la voluntad de Dios
El fruto más conocido de la experiencia de san Ignacio son los Ejercicios Espirituales, una obra que desde hace casi cinco siglos ayuda a millones de personas a profundizar en su relación con Cristo. No se trata simplemente de un libro para leer. Son un itinerario de oración, silencio, examen personal y contemplación del Evangelio que busca ordenar la vida según la voluntad de Dios.
El objetivo final es aprender a responder con libertad a la pregunta que todo cristiano se hace en algún momento: «Señor, ¿qué quieres de mí?».
El discernimiento y la vocación
Toda vocación nace de una llamada de Dios, pero también necesita un corazón dispuesto a escuchar. Por eso el discernimiento ocupa un lugar esencial en la formación de quienes sienten la llamada al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio o a cualquier forma de entrega cristiana.
Escuchar la voz de Dios requiere silencio, oración, acompañamiento espiritual y una formación sólida que permita distinguir entre los propios deseos, las presiones externas y la acción del Espíritu Santo.
San Ignacio comprendió que las grandes decisiones no pueden tomarse únicamente desde la emoción del momento. Necesitan una libertad interior que solo Dios puede conceder.
Una enseñanza muy actual para la formación sacerdotal
La espiritualidad ignaciana sigue siendo especialmente valiosa para la formación de sacerdotes y seminaristas. Un buen pastor no solo debe conocer la doctrina de la Iglesia. También necesita aprender a escuchar, acompañar y ayudar a otras personas a descubrir la voluntad de Dios en sus propias vidas.
Precisamente por eso la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral resulta tan importante. La Iglesia necesita sacerdotes capaces de discernir y de enseñar a discernir.
Esta es también una de las razones de ser de la Fundación CARF: colaborar para que seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo reciban una formación integral que les permita servir mejor a la Iglesia y a las personas que Dios pone en su camino.
Encontrar a Dios en todas las cosas
Quizá la frase que mejor resume la espiritualidad de san Ignacio sea una de las más conocidas de la tradición ignaciana: encontrar a Dios en todas las cosas. No significa que todo sea igual o que cualquier decisión conduzca automáticamente a Dios. Significa aprender a descubrir su presencia en el trabajo, en la familia, en el estudio, en el servicio a los demás y también en las dificultades.
Esta mirada transforma la vida ordinaria en un lugar de encuentro con Cristo y convierte cada jornada en una nueva oportunidad para responder a su llamada.

San Ignacio sigue enseñando a escuchar a Dios
Más de cinco siglos después de su conversión, san Ignacio de Loyola continúa ayudando a millones de cristianos a tomar decisiones con libertad, paz y confianza. Su legado recuerda que Dios sigue hablando al corazón humano. Pero para escuchar su voz hacen falta silencio, oración, formación y el deseo sincero de buscar la verdad.
En una sociedad llena de estímulos y prisas, el discernimiento ignaciano sigue siendo una invitación a detenerse, mirar hacia dentro y preguntarse con humildad: «Señor, ¿qué quieres de mí?». Es una pregunta que puede cambiar una vida. Como cambió para siempre la de aquel soldado herido que terminó convirtiéndose en uno de los grandes santos de la Iglesia.
¿Qué es el discernimiento? Palabras del papa Francisco sobre el discernimiento.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy comenzamos un nuevo ciclo de catequesis: hemos terminado la catequesis sobre la vejez, ahora iniciamos un nuevo ciclo sobre el tema del discernimiento.
El discernimiento es un acto importante que concierne a todos, porque las elecciones son una parte esencial de la vida. Discernir las decisiones. Uno elige la comida, la ropa, un curso de estudio, un trabajo, una relación. En todos ellos se realiza un proyecto de vida, y también se concreta nuestra relación con Dios.En el Evangelio, Jesús habla del discernimiento con imágenes tomadas de la vida ordinaria; por ejemplo, describe al pescador que selecciona los peces buenos y descarta los malos; o al mercader que sabe identificar, entre muchas perlas, la de mayor valor. O el que, arando un campo, encuentra algo que resulta ser un tesoro (cf. Mt 13,44-48).
A la luz de estos ejemplos, el discernimiento se presenta como un ejercicio de inteligencia, y también de habilidad y también de voluntad, para aprovechar el momento favorable: son condiciones para hacer una buena elección. Es necesario inteligencia, habilidad y también voluntad para hacer una buena elección.
Y también hay un coste necesario para que el discernimiento sea operativo. Para desempeñar su oficio lo mejor posible, el pescador tiene en cuenta la fatiga, las largas noches en el mar y el descarte de una parte de las capturas, aceptando una pérdida de ganancias por el bien de los destinatarios. El comerciante de perlas no duda en gastar todo para comprar esa perla; y lo mismo hace el hombre que ha tropezado con un tesoro. Situaciones inesperadas e imprevistas en las que es imprescindible reconocer la importancia y la urgencia de una decisión que hay que tomar.
Cada uno debe tomar sus decisiones; no hay nadie que las tome por nosotros. En un momento determinado los adultos, libres, pueden pedir consejo, pensar, pero la decisión es propia; no se puede decir: «He perdido esto, porque lo ha decidido mi marido, mi mujer, mi hermano»: ¡no! Tienes que decidir tú, todo el mundo tiene que decidir, y por eso es importante saber discernir: para decidir bien, hay que saber discernir.
El Evangelio sugiere otro aspecto importante del discernimiento: implica los afectos. El que ha encontrado el tesoro no siente ninguna dificultad en venderlo todo, tan grande es su alegría (cf. Mt 13,44).
El término utilizado por el evangelista Mateo indica una alegría muy especial, que ninguna realidad humana puede dar; y de hecho vuelve a aparecer en muy pocos otros pasajes del Evangelio, todos ellos referidos al encuentro con Dios.
Es la alegría de los Magos cuando, tras un largo y penoso viaje, vuelven a ver la estrella (cf. Mt 2,10); es la alegría de las mujeres que regresan del sepulcro vacío tras escuchar el anuncio de la resurrección por parte del ángel (cf. Mt 28,8). Es la alegría de los que han encontrado al Señor. Tomar una bella decisión, una decisión correcta, siempre te lleva a esa alegría final; quizás en el camino tengas que sufrir un poco de incertidumbre, pensar, buscar, pero al final la decisión correcta te beneficia con la alegría.
En el Juicio Final, Dios obrará el discernimiento –el gran discernimiento– hacia nosotros. Las imágenes del agricultor, el pescador y el mercader son ejemplos de lo que ocurre en el Reino de los Cielos, un Reino que se manifiesta en las acciones ordinarias de la vida, que nos exigen tomar posición.
Por eso es tan importante saber discernir: las grandes elecciones pueden surgir de circunstancias que a primera vista parecen secundarias, pero que resultan ser decisivas. Por ejemplo, pensemos en el primer encuentro de Andrés y Juan con Jesús, un encuentro que nace de una simple pregunta: «Rabí, ¿dónde vives?» — «Venid y veréis» (cf. Jn 1,38-39), dice Jesús. Un intercambio muy breve, pero es el comienzo de un cambio que, paso a paso, marcará toda una vida. Años después, el evangelista seguirá recordando aquel encuentro que le cambió para siempre, también recordará la hora: «Eran como las cuatro de la tarde» (v. 39). Es la hora en que el tiempo y lo eterno se encontraron en su vida.
Y en una decisión buena, correcta, se encuentra la voluntad de Dios con nuestra voluntad; se encuentra el camino presente con el eterno. Tomar una decisión correcta, después de un camino de discernimiento, es hacer este encuentro: el tiempo con lo eterno.
Por lo tanto: el conocimiento, la experiencia, el afecto, la voluntad: son algunos elementos indispensables del discernimiento. A lo largo de estas catequesis veremos otras, igualmente importantes.
El discernimiento –como he dicho– implica un esfuerzo. Según la Biblia, no encontramos ante nosotros, ya empaquetada, la vida que hemos de vivir: ¡No! Tenemos que decidirlo todo el tiempo, según las realidades que se presenten. Dios nos invita a evaluar y elegir: nos ha creado libres y quiere que ejerzamos nuestra libertad. Por lo tanto, discernir es arduo.
A menudo hemos tenido esta experiencia: elegir algo que nos parecía bueno y en cambio no lo era. O saber cuál era nuestro verdadero bien y no elegirlo.
El hombre, a diferencia de los animales, puede equivocarse, puede no querer elegir correctamente. La Biblia lo demuestra desde sus primeras páginas. Dios da al hombre una instrucción precisa: si quieres vivir, si quieres disfrutar de la vida, recuerda que eres una criatura, que no eres el criterio del bien y del mal, y que las elecciones que hagas tendrán una consecuencia, para ti, para los demás y para el mundo (cf. Gn 2,16-17); puedes hacer de la tierra un magnífico jardín o puedes convertirla en un desierto de muerte.
Una enseñanza fundamental: no es casualidad que sea el primer diálogo entre Dios y el hombre. El diálogo es: el Señor da la misión, tú debes hacer esto y esto; y el hombre a cada paso que da debe discernir qué decisión tomar. El discernimiento es esa reflexión de la mente, del corazón que debemos hacer antes de tomar una decisión.
El discernimiento es agotador pero indispensable para vivir. Requiere que me conozca a mí mismo, que sepa lo que es bueno para mí aquí y ahora. Sobre todo, requiere una relación filial con Dios. Dios es Padre y no nos deja solos, siempre está dispuesto a aconsejarnos, a animarnos, a acogernos.
Pero nunca impone su voluntad. ¿Por qué? Porque quiere ser amado y no temido. Y Dios también quiere que seamos hijos y no esclavos: hijos libres. Y el amor sólo puede vivirse en libertad.
Para aprender a vivir hay que aprender a amar, y para ello es necesario discernir: ¿Qué puedo hacer ahora, ante esta alternativa? Que sea un signo de más amor, de más madurez en el amor.
¡Pidamos, que el Espíritu Santo nos guíe! Invoquémosle cada día, especialmente cuando tengamos que tomar decisiones. Gracias.
Por qué el discernimiento es esencial en la formación de un sacerdote
El papa Francisco definía el discernimiento como un acto que concierne a toda persona, porque toda vida está marcada por decisiones que configuran el propio camino. No se trata únicamente de elegir entre el bien y el mal, sino de reconocer, con la ayuda de Dios, cuál es la respuesta más fiel a la llamada que Él dirige a cada uno. Discernir es, en definitiva, aprender a leer la propia vida a la luz del Espíritu Santo.
Esta capacidad resulta especialmente importante en la formación de un sacerdote. Antes de acompañar a otros en su camino de fe, el seminarista debe aprender a escuchar la voz de Dios en su propia vida. La vocación sacerdotal no nace de un impulso pasajero ni de un proyecto personal, sino del encuentro entre la libertad humana y la iniciativa amorosa de Dios. Por eso necesita tiempo, oración, silencio y un acompañamiento espiritual que ayude a interpretar lo que sucede en el corazón.
El discernimiento, explica el papa Francisco, compromete a toda la persona: la memoria, la inteligencia, la voluntad y los afectos. Conocerse a uno mismo es una condición indispensable para reconocer cómo actúa el Señor y evitar que el ruido, las prisas o los propios intereses oculten su voz.
En este proceso, la oración ocupa un lugar insustituible. No es solo un momento de reflexión personal, sino el espacio donde el futuro sacerdote cultiva una relación de amistad con Cristo. Cuanto más profunda es esa amistad, más fácil resulta reconocer aquello que conduce al Evangelio y distinguirlo de lo que aleja de él. El discernimiento no busca respuestas automáticas, sino una mirada interior capaz de descubrir la presencia de Dios incluso en las circunstancias más ordinarias.
San Ignacio de Loyola comprendió esta verdad a partir de su propia experiencia. Descubrió que no todos los pensamientos dejan la misma huella en el corazón: algunos producen una satisfacción inmediata que pronto desaparece, mientras que otros generan una paz profunda, una alegría duradera y un mayor deseo de amar y servir. Aprender a reconocer esos movimientos interiores sigue siendo una de las enseñanzas más valiosas de la espiritualidad ignaciana y una herramienta fundamental para la formación de quienes serán pastores de la Iglesia.
Por eso la Iglesia concede tanta importancia a la formación integral de los seminaristas. No basta con una excelente preparación académica; también es necesario educar el corazón para que el sacerdote pueda escuchar con libertad la voluntad de Dios y, más adelante, ayudar a otros a descubrirla. Un pastor que ha aprendido a discernir será capaz de acompañar a un joven que busca su vocación, a un matrimonio que atraviesa dificultades o a una persona que desea reencontrarse con la fe.
La misión de la Fundación CARF se inserta precisamente en este horizonte. Al apoyar la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de seminaristas, sacerdotes diocesanos y religiosos de todo el mundo, contribuye a que la Iglesia cuente con pastores bien preparados, capaces de anunciar el Evangelio con fidelidad y de acompañar a cada persona en el discernimiento de la llamada que Dios le hace.
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