
En el contexto de un Perú rural, una vocación sacerdotal adquiere matices propios. Grandes distancias, escasez de recursos y una fuerte identidad cultural de los pueblos andinos que hacen que el ministerio del sacerdote deba vivirse desde la incomodidad y sin esquemas urbanos. En este ámbito, el presbítero es una presencia esperada y necesaria, muchas veces, la única referencia estable de la Iglesia en territorios extensos y difíciles de recorrer.
En este marco, la vocación se entiende como una llamada personal y como una respuesta a una necesidad concreta del pueblo. Ser sacerdote en los Andes implica aceptar una vida marcada por el desplazamiento constante, el contacto directo con la pobreza y una relación muy cercana con los fieles, que conocen a su pastor por su palabra, por su disponibilidad y por su cercanía cotidiana.
El testimonio del padre Christiam se inserta precisamente en esta realidad. Su historia personal vive unida al territorio al que ha sido enviado y a las comunidades a las que sirve, donde la fe se vive con profundidad y sencillez, incluso en medio de grandes carencias.
El padre Christiam Anthony Burgos Effio nació en Lima el 26 de agosto de 1992 y pertenece a la Diócesis de Sicuani, en la región andina del sur del país. Es el mayor de cuatro hermanos y creció en una familia cristiana donde la fe se vivía con naturalidad.
La fe familiar se expresó en prácticas religiosas y también como una forma concreta de entender la vida, el sacrificio y el servicio. En ese ambiente, la figura del sacerdote era respetada y valorada como alguien cercano al pueblo, lo que ayudó a que la vocación pudiera germinar sin rechazo inicial, aunque con muchas preguntas.
Durante los años de discernimiento, el padre Christiam aprendió a escuchar con paciencia lo que Dios le pedía, sin precipitar decisiones. La vocación fue madurando en el silencio, en la oración y en el contacto con la realidad concreta de la Iglesia local, hasta convertirse en una opción firme.
Este proceso gradual fue clave para afrontar más adelante las renuncias propias del camino sacerdotal y para asumir la formación como un tiempo necesario de preparación interior y pastoral.
Su llamada a la vocación sacerdotal llegó a los 16 años, durante una Eucaristía en la que se proclamó el Evangelio de san Mateo: «ustedes son la sal de la tierra (…) y la luz del mundo» (Mt 5, 13-16). Aquella Palabra no fue un impacto momentáneo, sino el inicio de una inquietud constante que lo llevó a plantearse seriamente el sacerdocio como camino de vida.
«Creo verdaderamente, que el Señor se valió de su palabra para poner en mí, la inquietud de la vocación, el deseo de poder servirle plenamente a través de su pueblo, en el ministerio sacerdotal».
Desde la infancia, la fe aprendida en casa y la devoción mariana –especialmente el rezo del Santo Rosario– acompañaron su proceso. Con el paso del tiempo, comprendió que Dios había ido preparando su vocación de forma silenciosa y paciente.

La formación sacerdotal no solo supuso adquirir conocimientos teológicos y humanos, sino aprender a vivir en comunidad, a obedecer y a servir sin protagonismo. Estos años fueron decisivos para configurar un estilo de sacerdocio sencillo y cercano, especialmente adecuado para la realidad andina.
En un contexto donde muchas comunidades apenas ven al sacerdote unas pocas veces al año, la preparación interior cobra una importancia especial. La fortaleza espiritual, la constancia y la capacidad de adaptarse a situaciones difíciles se convierten en herramientas imprescindibles para el ministerio.
Esta etapa formativa permitió al padre Christiam asumir con realismo la misión que le esperaba, sin idealizarla, pero también sin miedo.
La decisión de entrar en el seminario llegó cuando ya había iniciado los estudios universitarios y tenía proyectos personales definidos. Apostar por el sacerdocio supuso dejar atrás planes legítimos y asumir la incertidumbre de un camino exigente.
La prueba más difícil fue la familiar. Para sus padres, la decisión significó inicialmente una sensación de perder a un hijo. Ese dolor se transformó con los años en un proceso de fe compartida, vivido en paralelo a la formación sacerdotal de Christiam. Hoy, esa renuncia inicial es motivo de gratitud y de alegría profunda.
El tiempo de seminario fue clave para madurar humana y espiritualmente, y para purificar la vocación hasta convertirla en una respuesta libre y consciente a la llamada de Dios.

La ordenación sacerdotal, celebrada en las vísperas del Buen Pastor, marcó el inicio de una entrega definitiva. Desde ese momento, el ministerio del padre Christiam quedó ligado a una realidad pastoral extrema.
Su diócesis abarca más de 16.700 km² y cuenta con un número muy limitado de sacerdotes para atender decenas de parroquias separadas por grandes distancias. En este contexto, el sacerdote acompaña espiritualmente y muchas veces debe asumir tareas educativas y sociales.
Además de la sede parroquial, el padre Christiam atiende trece comunidades rurales. Algunas, como Paropata y Tucsa, se encuentran a casi 4.900 metros sobre el nivel del mar y solo son accesibles a pie o a caballo o mula. Son pueblos con graves carencias materiales y sanitarias, pero con una fe viva que se expresa en costumbres profundamente arraigadas.
En estas comunidades, evangelizar significa también compartir el trabajo del campo, escuchar, enseñar y sostener la esperanza. Allí, el sacerdote descubre que, mientras evangeliza, también es evangelizado por la fe sencilla del pueblo.

Actualmente, el padre Christiam cursa estudios de Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, en Roma, gracias a una ayuda de los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF. Vive esta etapa no como un mérito personal, sino como una oportunidad para formarse mejor y servir con mayor entrega a la Iglesia de Perú cuando regrese.
Su vocación sacerdotal sigue teniendo un horizonte claro: regresar a los Andes y continuar cuidando del pueblo que Dios le ha confiado.
Gerardo Ferrara, licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable de alumnado Universidad de la Santa Cruz de Roma.

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