
Desde la diócesis de Soroti, en el este de Uganda, hasta Pamplona, donde hoy se forma como seminarista ugandés, la historia de Samuel Ebinu es la de una vocación que quiere ser sacerdote; que no nace de una inspiración o momento extraordinario, sino de la fe vivida con naturalidad, en la familia y en su comunidad parroquial.
Gracias a la ayuda de los socios, benefactores y amigos de la Fundación CARF, Samuel se prepara para el sacerdocio en el seminario internacional Bidasoa, convencido de que Dios sigue llamando a todos desde lo más pequeño.
Samuel (1996) lleva cuatro años viviendo en España. Está en su último curso de Teología y se prepara para recibir el sacerdocio. Su camino formativo lo ha traído hasta Pamplona, donde estudia en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra y reside en el seminario internacional Bidasoa, pero sus raíces siguen firmemente ancladas en su tierra y en su familia.
«Me preparo con ilusión para servir a la Iglesia como sacerdote», afirma con serenidad. No habla desde la teoría, sino desde una experiencia de fe cultivada desde niño.
Samuel creció en una familia numerosa: nueve hermanos, dos chicas y siete chicos. Dos de ellos, junto con su padre, ya han fallecido. El dolor no rompió la fe familiar; la fortaleció.
«Crecí en un hogar católico, unido y lleno de paz, donde la fe se vivía con naturalidad», explica. La oración, el trabajo y la fraternidad marcaron su infancia. La fe no era un añadido, sino parte de la vida diaria.
Cuando la vocación empieza a tomar forma
Samuel no recuerda una revelación repentina. Su vocación fue creciendo poco a poco, como algo que siempre estuvo ahí.
«La vocación sacerdotal es un don especial de Dios. En mi caso, la llamada fue creciendo de manera silenciosa, como una semilla que Dios había puesto en mi corazón desde la infancia».
Desde niño se hacía preguntas que otros no se planteaban: qué hacía un sacerdote, por qué la gente escuchaba con atención su predicación, qué significaba realmente servir a Dios.
Hay una escena que resume bien esa llamada temprana. Durante una entrevista de catequesis, al pedirle que hiciera la señal de la cruz, Samuel la realizó como si fuera sacerdote, impartiendo una bendición. Un gesto infantil, sencillo, pero cargado de significado.

Celebrar la fe con todo el cuerpo
La diócesis de Soroti se encuentra en una región de amplias llanuras verdes, donde la vida se construye en comunidad. Es una Iglesia joven, profundamente creyente, en un país mayoritariamente cristiano.
En Soroti, la misa no es rutinaria. Es una celebración viva, participada, alegre. “Los cantos con tambores, los coros y las procesiones fortalecen el sentido comunitario”, explica Samuel. Allí, la liturgia no se observa: se vive.
La transmisión de la fe comienza en casa. La oración familiar, el rosario y la participación en la parroquia forman parte del día a día. A esto se suman las Comunidades Cristianas de Base, pequeños grupos donde se comparte la Palabra, se celebra la fe y se vive la solidaridad.
Las parroquias impulsan la catequesis, los grupos juveniles y la formación de laicos. Las escuelas y la pastoral social completan una evangelización que une fe, educación y promoción humana.

Faltan sacerdotes, sobran retos
La vitalidad de la Iglesia en Soroti convive con una realidad exigente: faltan sacerdotes para atender territorios muy amplios y comunidades numerosas.

«Necesitamos más sacerdotes y una formación constante de catequistas y líderes laicos que acompañen a los jóvenes y a quienes sufren», explica Samuel. Aun así, su mirada es esperanzada: la fe sigue siendo fuerte, alegre y comunitaria.
Samuel tiene claro que la evangelización actual no pasa por imponer, sino por proponer.
«Evangelizar hoy exige cercanía, testimonio y autenticidad. No basta con transmitir ideas; hay que mostrar el rostro de Cristo con la vida».
Sus claves son concretas:
«La evangelización no es imponer, sino proponer con amor y convicción».
El sacerdote que sueña ser
Samuel sueña con un sacerdocio profundamente humano y profundamente de Dios. Un sacerdote cercano, disponible, bien formado, misericordioso y misionero.
«El sacerdote del siglo XXI debe unir tradición y creatividad, fidelidad y apertura, oración y servicio», afirma.
Historias que interpelan
La historia de Samuel Ebinu no es solo la de un joven ugandés que se prepara para ser sacerdote. Es una invitación a preguntarnos cómo cuidamos las vocaciones y cómo sostenemos, también desde lejos, a quienes responden a la llamada de Dios.
Ocurre de igual manera con la historia de Geral Emanuel, otro seminarista ugandés que residen con él en el seminario internacional Bidasoa y con el que comparte estudios en Pamplona.
De Uganda a Pamplona, la semilla ya ha brotado. Ahora necesita ser acompañada.
Marta Santín, periodista especializada en Religión.
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