La historia de Mariano, un joven de Angola, está marcada por un proceso de descubrimiento y discernimiento.
Su vida espiritual estaba cubierta. Sus padres, de familia cristiana, le apuntaron a la catequesis cuando era niño y también estudió en una escuela católica, aunque a esa edad no mostraba mucho interés por las cosas de la Iglesia.
En el año 2009, tuvo un encuentro con el Papa Benedicto XVI en su visita a Angola, afortunadamente, Mariano recibió su bendición personalmente.
«En aquel entonces tenía 8 años de edad. Cuando regresé a casa, les dije a mis padres que me gustaría ser como el Papa, algo típico de niños, con el tiempo, aquello pasó».
El momento clave que lo acercó nuevamente a la vida eclesial a través del servicio como acólito fue la preparación para su primera comunión.
Pasado un tiempo, llegó el momento de recibir el sacramento de la Eucaristía. El párroco indicó que solo podrían recibirlo quienes pertenecieran a un grupo juvenil, con el fin de integrarlos más en la Iglesia. Mariano no formaba parte de ninguno.
«Pensé en hacerme scout, pero el párroco me llamó y me dijo que debía ser acólito. Allí todo volvió a empezar: el trato cercano con sacerdotes y obispos fue despertando en mí algo que no comprendía, pero que me fascinaba. Entonces recordé mi deseo de infancia de ser como el Papa, aunque no sabía que el Papa fuera también sacerdote y obispo. A medida que descubrí estas cosas, sentí con más fuerza que el Señor me llamaba».

Pasaron algunos años y observó que algunos acólitos de la parroquia, tras una etapa de formación académica y acompañamiento por parte de los sacerdotes y equipos vocacionales, se marchaban a un lugar llamado «Seminario». Mariano no sabía qué era, pero empezó a preguntarse y sentir que quizá ese fuera su lugar.
Cuando terminó la educación básica, se implicó más en la vida de la Iglesia. Participaba en grupos, ayudaba en la sacristía siempre que hacía falta y llegó a ser formador de otros acólitos.
«Poco a poco estreché la relación con el párroco. A menudo lo acompañaba a distintas comunidades para ayudar en las misas y en la compra de materiales y ornamentos para la sacristía. En esas ocasiones hablaba conmigo y me explicaba qué era el seminario y en qué consistía el sacerdocio».
Se fue identificando con esa vocación. Pasaba más tiempo y se sentía mejor en la iglesia ayudando que en casa o en el barrio, donde apenas había católicos y el tiempo se reducía casi siempre al fútbol u otras actividades sin mayor interés.
El momento decisivo llegó cuando comprendió la escasez de sacerdotes. Descubrió que había comunidades que solo celebraban la misa una vez al mes, e incluso cada dos meses, debido a la falta de presbíteros. Entonces entendió que debía servir a la Iglesia en el ministerio sacerdotal para llevar a Cristo a quienes también necesitaban esa presencia.
En el último año, su párroco habló con sus padres para saber si estaban de acuerdo en que ingresara en el seminario. Ellos se opusieron. Sin que Mariano lo supiera, su padre quiso comprobar si realmente esa era su vocación y le propuso solicitar unas becas para cursar otros estudios. Mariano las rechazó sin dudar, confirmando así su decisión de entrar en el seminario. Habló con su párroco, realizó las pruebas de admisión y fue aceptado.
«Cursé tres años correspondientes a la educación media y después accedí a los estudios de Filosofía, que completé en otros tres años. Al finalizar, mi director espiritual me dijo: “Ahora comienza la etapa de configuración. Si sientes que el Señor te llama, sigue adelante; si no, es mejor detenerse y elegir otro camino”. Tras un tiempo de reflexión y oración, confirmé que era lo que el Señor me pedía e inicié los estudios de Teología».

Durante el primer año de Teología, en el segundo semestre y en plena época de exámenes, su párroco –que acababa de regresar de Roma tras estudiar Comunicación Social en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz gracias a una ayuda de la Fundación CARF– le pidió la documentación por indicación de nuestro obispo, don Emilio Sumbelelo.
Pasaron varios días. El párroco llamó a sus padres para informarles de que existía una beca para estudiar en Roma y que la diócesis había pensado en enviar a Mariano. Ellos aceptaron, pero no le dijeron nada. Él creía que se trataba simplemente de una actualización de datos por haber terminado el primer año de Teología.
Continuó con su labor pastoral en la diócesis con normalidad. Tiempo después, el obispo le llamó y le comunicó que debía trasladarse a Roma para completar allí su formación en la PUSC, gracias a una ayuda concedida por la Fundación CARF.
«Al recibir la noticia, quedé desconcertado, pero también muy feliz. Acepté, convencido de que era una providencia de Dios en mi vida y en mi formación, para servir mejor en el futuro a mi diócesis y a la Iglesia universal, y para configurarme más plenamente como sacerdote según el Corazón de Jesús».Además, supuso un hecho significativo para su diócesis, ya que es el primer seminarista que recibe formación sacerdotal fuera de su país. Actualmente reside en el colegio internacional Sedes Sapientiae.
Expresa su profunda gratitud, en nombre de su obispo, don Emilio Sumbelelo, de su diócesis y en el suyo propio, por vuestra generosidad.
«Podéis contar siempre con nuestras oraciones por vosotros, por vuestras familias y por vuestros proyectos. Este apoyo no es solo para mí, sino para la Iglesia a la que deseo servir con entrega y dedicación, gracias a la formación recibida por medio de vuestra ayuda.Dios os bendiga hoy y siempre. Muchas gracias».
Gerarado Ferrara, licenciado en Historia y en Ciencias Políticas, especializado en Oriente Medio.
Responsable de alumnado Universidad de la Santa Cruz de Roma.
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